elogio do fracasso















I
No se engañe: los libros de autoayuda sólo ayudan al autor. Por eso se llaman de “auto” –uno mismo- “ayuda”: me ayudo a mí mismo a ganar dinero con los incautos que lo comprarán.
Y no se engañe: la vida tiende al fracaso. De hecho, fracasa siempre porque se termina. Todo el mundo muere, incluso los autores de libros de autoyuda. Es más: se muere todo tarde o temprano. Una rosa, normalmente, muere antes que usted. Un perro también puede morirse antes que usted. Un trozo de mármol dura más, pero acaba convirtiéndose en polvo al cabo de unos cuantos milenios. Mueren las galaxias, imagínese. O sea que no se haga ilusiones, se lo repito: todo el mundo muere –y digo mundo en el sentido más amplio, más cósmico- y los autores de libros de autoayuda y los anuncios pretenden convencerle de lo contrario.
Aceptar el fracaso es aceptar no una, sino LA –con mayúscula- ley de esta vida que nos ha tocado vivir.
Nos ha tocado, sí. Ni a usted ni a mi nos pidieron permiso para nacer. Nos nacieron. Tampoco nos pedirán permiso a la hora de la muerte. Ésta llegará inexorable cuando tenga que llegar. Acéptelo también. Acéptelo de una vez. Todo el impresionante mecanismo económico-político-militar que nos envuelve –que nos exprime- se fundamente en la curiosa idea de hacernos creer que somos eternos y que viviremos aquí en este planeta para siempre y seremos felices y comeremos perdices.
No. Rotundamente no. Usted como yo –léalo en voz alta- VAMOS A MORIR. (Sí, como en las malas películas de terror cuando se acerca el asesino con una motosierra y es obvio que quiere cargarse a todo el mundo).
Cuanto antes acepte usted con cierta paz –con mucha ni lo intente: fracasará- que va a morir, antes alcanzará un grado razonable de felicidad.
Bien. Pero analicemos el párrafo que está dos más arriba que éste. Decía que a usted y a mí nos nacieron sin pedirnos permiso. Usted se da cuenta de que esto es absoluta y completamente cierto. Por lo tanto, la frase más típica de los libros de autoayuda –no sólo la frase, sino el alma entera de todo libro de autoayuda que se precie- que es aquella de “soy un hombre hecho a mi mismo” –self made man, en inglés- es falsa. Es una mentira. Los autores de libros de autoayuda y todo el sistema que nos envuelve pretenden hacernos creer que nos podemos construir a nosotros mismos en plan “bricolaje”, como si fuéramos piezas de un juego de niños (de hecho, pintan tan fácil tener éxito en la vida como un juego de niños). Han logrado convencer a muchos millones de señoras y señoritas en todo el mundo del hecho absurdo de que pueden construirse a ellas mismas eternamente a base de operaciones de cirugía estética y de cremas milagrosas. Lamento tener que ser crudo: las operaciones de cirugía estética y las cremas servirán de sabrosa comida a la enorme variedad de gusanos y gérmenes que habitan felices –ellos sí- en un cadáver que se descompone. Están exportando el invento a los hombres con notable éxito para las cremas y los gimnasios y un éxito apoteósico para pastillitas que ayudan a tener erecciones, o incluso priapismo, a señores que o bien ya no deberían tenerlas, o bien deberían tenerlas pero no con la frenética frecuencia con que las tiene un chaval de 17 años. ¿Qué hay de malo en que un abuelo tenga erecciones y, lógicamente, relaciones sexuales a los 98 años? En principio, nada, si su sistema cardiovascular se lo permite. El problema es que el abuelo en cuestión puede llegar a creer que las erecciones le durarán hasta los 349 años, y esa edad –estaremos de acuerdo- es muy difícil que llegue a cumplirla.
A las señoras de 84 años con pechos de jovencita de 23 les sucede lo mismo. No entienden que los pétalos de las rosas se marchitan y se caen y que un seno artificial es lo más parecido a una rosa de plástico. Entre otras cosas peores, huele a plástico.
Permítame una digresión. Mi mujer acaba de leer lo que llevo escrito.
-Qué triste, qué pesimista, qué mal –dice.
-Ya, cariño. Pero es la verdad –digo.
-Vale, pero no hace ilusión leerlo –dice.
-Perfecto. Entonces este libro será un fracaso, que es lo que pretendo –digo.
Y prosigo. Naturalmente, me enciendo otro cigarrillo. Fume usted en paz. O no fume, haga lo que quiera. Si es de los que intentan dejar de fumar y no pueden, no se agobie. Como todos los fracasos de la fuerza de voluntad, es normal. El hombre o la mujer de la calle, la mayoría de nosotros, tenemos muy poca fuerza de voluntad. Es más, tenemos muy poca fuerza para hacer cualquier cosa por pequeña que sea. Usted intenta no enfadarse con sus hijos y no lo consigue. Intenta sonreír más a menudo a su mujer y no lo consigue. Intenta poner buena cara con aquel pesado de la oficina y no lo consigue. Intenta no tomarse el tercer whisky y no lo consigue, por el contrario, se toma otro y se abraza a sus amigos de mesa; y luego otro y, ya sabe, comienzan los insultos a la autoridad y al clero. Y a la mañana siguiente tiene usted que recurrir al ibuprofeno para presentarse en el trabajo con un aspecto que recuerde, aunque sea vagamente, al de un ser humano. Normal. Son pequeños fracasos. La vida está llena de pequeños fracasos. No se agobie.


II
No se agobie y piense. Hubo un hombre nefasto, que vivió hacia finales del siglo XVIII y que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, que tuvo la ocurrencia de decir que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la causa de todos los males. Si usted se mira al espejo, antes o después de tomarse el ibuprofeno, se dará cuenta de que la sociedad no pinta nada en su decisión de tomarse seis whiskys; y que la sociedad no pinta nada en su mente: cuando decidió, antes de esa cena, que iba a tomarse sólo un digestivo y se iría a casita para no disgustar a su santa. Usted se lo propuso con muy buena intención, pero fracasó –de nuevo- en el intento. ¿Qué gaitas tiene que ver la sociedad en todo esto? A media mañana, cuando el ibuprofeno ha hecho su efecto y usted ya lleva cuatro cafés, lee un poquito el diario en el bar. Las noticias dan miedo. Cómo está el mundo, qué desastre. Y usted, persona con una cierta cultura, se da cuenta de que el mundo ha estado así siempre y que no va a mejorar por mucho que la ciencia moderna y el estado moderno se empeñen en hacernos creer lo contrario.

El hombre de Galilea dijo que siempre habría pobres entre nosotros y habló de guerras y otros desastres. Usted se lo puede creer o no, pero es evidente que acertó. Y es que el hombre, usted y yo, no es, no somos, buenos por naturaleza. Más bien somos malos, incluso podemos ser muy malos. Mírese otra vez al espejo. ¿Recuerda aquella vez que…? Sí, aquella vez. Bien. Podemos ser muy malos. Por lo tanto, bueno, sea comprensivo con la maldad ajena –vuelva a recordar aquella vez que... antes de decirme que jamás será comprensivo con quién usted ya sabe-. Y por lo tanto, no se desespere y acepte en paz que estamos estropeados desde el principio por alguna causa misteriosa. Tampoco se empeñe en desvelar todos los misterios: es algo que no está a nuestro alcance; de hecho, está tan lejos de nuestro alcance como sonreír al vecino pesado de la oficina.

No se haga ilusiones sobre usted mismo. Si no se las hace, será más feliz, se lo garantizo. Dicho con otras palabras: acéptese como es y acepte las circunstancias de su vida, sean las que sean; entre otras razones, porque no hay más que su circunstancia presente: el pasado ya no existe y el futuro tampoco existe, dado que aún no ha llegado. Por mala que sea su vida, ¿preferiría estar muerto o no haber nacido? Si la respuesta es sí, deje de leer inmediatamente, coja una pistola y péguese un tiro o láncese al vacío desde un décimo piso –para asegurar que se convertirá en una papilla con tropezones bastante desagradable-, o haga lo que quiera, pero mátese. En el caso, más habitual, de que decida seguir viviendo su miserable vida, no tiene sentido andar lamentándose en exceso. Quiero decir que puede usted lamentarse cuanto quiera, pero le servirá de muy poco, o le servirá de momentáneo desahogo, como acordarse de la madre del árbitro que no puede oírle porque usted está en el palco y él, en el punto de penalti.

No crea usted que exagero cuando digo lo de pegarse un tiro. Ayer mismo un niño de la clase de mi nieto se encontró a su padre muerto de un certero disparo de escopeta en la cabeza. El niño también encontró una nota: “No entres en el cuarto de baño y llama a la policía”.

Un hecho brutal, sí. Pero si usted no tiene intención de hacer algo semejante y quiere seguir vivo, le daré algunos consejos absolutamente contrarios a todos los que pueda leer en los libros de auto-ayuda.



III
¿Se ha fijado usted en un hormiguero? Es una comunidad pequeña, muy pequeña realmente. Un charco en el suelo, a los ojos de una hormiga, es el lago Michigan. El estanque de un jardín urbano es el mar Mediterráneo. Las montañitas de arena que hacen los niños pueden parecerle a la hormiga las cumbres de Navacerrada y, desde luego, un cerro tiene las proporciones del Everest. Imagine que hay hormigas buenas y malas. Imagine que las malas conspiran, secuestran y matan para alcanzar el poder en el hormiguero. Imagine que hay hormigas avariciosas que acumulan reservas de comida o de otras cosas –son las hormigas millonarias-. Imagine que hay hormigas que desean conquistar hormigueros vecinos, hormigas imperialistas. Imagine a las hormigas intelectuales tratando de imponer a sus congéneres sus ideas y su modelo de sociedad en el hormiguero y en todos los hormigueros del planeta. Imagine cuánto afán para ser…¿Los reyes de un hormiguero o de muchos hormigueros? ¿Los más ricos de un hormiguero? ¿Los más listos de un hormiguero?
Bien. Considere que el planeta Tierra es casi infinitamente más pequeño que un hormiguero en comparación con la casi infinita extensión del universo conocido. Si añadimos lo que nos queda por descubrir del cosmos, la proporción se reduce a la de una partícula subatómica. El planeta es como un protón en un mar inmenso de galaxias. El planeta, además, es un bola de magma incandescente que viaja a gran velocidad alrededor de una especie de bomba atómica múltiple y gigantesca que llamamos sol. El planeta dispone, sí, de una corteza fina pero muy agradable a la vista en su mayor parte, que posibilita la existencia de vida.
Sin embargo, a nadie parece importarle un comino lo que acabo de contarle. Encuentran normal viajar en una bola de fuego en medio del espacio sideral y encuentran normal romperse los cuernos por ser los reyes del hormiguero. Nadie se ha molestado en coger una enciclopedia y ver quiénes eran los tipos importantes de, pongamos por caso, la Argentina en 1867. Si están en la enciclopedia, nadie se acuerda de ellos. Como nadie se acuerda del gobernador de una provincia del imperio persa del año 359 de nuestra era. Como nadie recuerda quién era el Bill Gates de los hititas o de los asirios. Nada queda de la gran Babilonia salvo un montón de polvo y piedras. Nada queda de Nínive. Poquita cosa de Cartago. Y del antiguo Egipto, 6.000 años de historia, nadie recuerda el nombre de algún rico empresario de la época o de algún comerciante, a menos que se citen en papiros con relación al faraón de turno. Generaciones y generaciones de hormigas constructoras de hormigueros con forma de pirámide que viven en el anonimato milenario de las arenas del desierto, gentes que van y vienen y desaparecen de la orilla como las olas del mar. Nada. O casi nada.
Y entonces aparece el autor de libros de auto-ayuda a decirle que dedique su vida a perseguir el éxito y a triunfar. Y se permite la desfachatez de decirle cómo se hace.



IV
No se gana mucho dinero honradamente. Olvídese.
Conozco personas que han ganado dinero trabajando honradamente. Pero no han ganado mucho, muchísimo dinero. Muchísimo dinero es muchísimo dinero, usted ya sabe lo que quiero decir. Sin embargo, incluso esas personas que han ganado dinero, o mucho dinero, con su trabajo honrado, alguna vez han tenido que hacer cosas que, digamos, bordeaban los límites de aquello que es moralmente correcto. O han dejado hacer a otras personas cosas que estaban claramente fuera de los límites de lo que llamaríamos honestidad profesional. No se puede andar demasiado cerca del dinero sin que este dios avaro y orgulloso te manche de algún modo imperceptible. Lo que sí puedo asegurarle es que toda cantidad indecente de dinero está manchada de sangre humana. No es necesario que se cometan asesinatos: bastan unos despidos para mejorar la cuenta de resultados de la empresa; basta una triquiñuela para deshacerse de un par de socios; basta con apretar hasta la asfixia a aquel proveedor; basta con poner el dinero por encima de cualquier otro principio para que el dinero se cobre, con despiadada puntualidad, su precio en sangre humana.
De modo que trabaje usted con tranquilidad para ganarse el pan, el suyo y el de sus hijos, si los tiene. El empresario tiene la obligación de pagarle. Si no lo hace, lárguese y denúncielo y busque otro trabajo. O monte cualquier negocio que le permita ganarse la vida. Volver al campo y cultivar un pedazo de tierra y cuidar unas gallinas, siempre ha sido una buena opción.
Si usted cree que tiene una buena idea, intente concretarla. Las buenas ideas, como las buenas intenciones, si no se concretan no sirven para nada. Ya sabe que el infierno está lleno de buenas intenciones y de buenas ideas sin concretar. Si no tiene una buena idea, no pasa nada: la mayoría no tenemos buenas ideas, o no tenemos ideas en absoluto. Los que tienen ideas todo el rato viven en mundos paralelos y suelen perderse los perfumes de las rosas y las puestas de sol y las sonrisas de sus hijos. Si tiene una buena idea y no la lleva a la práctica, tampoco pasa nada: quede con unos amigos para cenar y tomarse algo y les cuenta su idea; lo pasarán muy bien y no harán daño a nadie.
Trabaje si puede en aquello que le gusta, aunque no le extrañe que no le guste nada especialmente. Hay muy pocos afortunados que saben lo que les gusta y tienen la suerte de ganarse la vida con su afición. Procure, eso sí, que le acabe gustando aquello que hace: aunque le parezca aburrido y monótono ningún día es igual a otro, ningún momento es igual a otro. Y, sobre todo, ningún momento vuelve. Lo que ha vivido ya lo ha vivido, no hay marcha atrás ni repetición de la jugada. Por lo tanto viva cada momento con toda la intensidad y con toda la calma de que sea capaz. Yo mismo, ahora, estoy tecleando en este ordenador demasiado deprisa. Si lo hiciera más despacio, me daría cuenta de la maravilla que tengo ante mis ojos: le doy a unas teclas y, como por arte de magia, aparecen unas letras sobre una pantalla en blanco que se va llenando de palabras. Si tecleara más despacio es muy probable que escribiese mejor, pero no quiero ganar el premio Nobel –ni siquiera sé si quiero publicar este librito-, usted ya me entiende. Lo único que quiero es decirle que viva tranquilo porque, en realidad, hay muy pocas cosas que deban preocuparnos.
Se fomenta la preocupación. Y ésta es la base del negocio de las aseguradoras. Juegan con el “por si pasa algo” con un descaro que produce vergüenza ajena. Juegan a hacerle creer que usted puede controlar su vida y sus circunstancias, lo cual, lo repito, es una enorme falsedad. Que usted y yo sigamos vivos no depende de nosotros. Que nos pongamos enfermos o que permanezcamos sanos no depende de nosotros. Y cuando caigamos enfermos, la aseguradora, si la cosa es grave, se deshará de nosotros a las primeras de cambio, después de subirnos la cuota a niveles estratosféricos.
Y ya que hablamos de salud: viva feliz y olvídese del colesterol, del azúcar y de la tensión arterial. Las farmacéuticas y los médicos suben cada poco los niveles que consideran razonables para que usted crea que está enfermo y necesita una pastillita. El negocio de las pastillitas es uno de los que hace ricos a los avariciosos del hormiguero.
No haga deporte. No. No haga deporte. Es malo para su salud y para su mente. El hombre está hecho para caminar. Si estuviera hecho para correr sería un guepardo. Pero incluso los guepardos duermen o descansan más tiempo del que pasan corriendo. Los animales sestean mucho y, en general, sólo se mueven para conseguir comida. Ninguno de nosotros conseguirá la bella musculatura de un león por más horas que pase en el gimnasio. Otra cosa es que a usted le guste correr o jugar a la petanca. Hágalo en paz, por supuesto. A mí lo que me da mucha pena es ver a tipos embutidos en chándales y camisetas “técnicas” de dudoso gusto, galopando como posesos, en un estado de cuasi crisis cardiorrespiratoria, por las calles de nuestras ciudades. Cualquier hormiga en su sano juicio diría que eso es una animalada. Se trata, lo ha adivinado, del lavado de cerebro al que nos han sometido los fabricantes de material deportivo: si la gente no corriese, ellos no venderían nada. Nos hacen creer que les importa nuestra salud y nuestra felicidad, lo cual es una manera muy ingeniosa –lo reconozco- de llamar a los beneficios antes de impuestos de una empresa.
Por lo tanto, no se crea la publicidad, ni la publicidad de los bancos, y no gaste más allá de lo que puede permitirse. Le están creando falsas necesidades. No hace falta tener un coche tan potente como uno de competición para ir a trabajar o para ir a la playa. En realidad, no hace falta tener coche. Camine usted o use la bicicleta o coja el autobús. O, simplemente, quédese en casita tan ricamente.



V
ESTÉSE QUIETO, HAGA EL FAVOR
Una de las pestes de los tiempos modernos es el turismo. Masas de gente aborregada que invaden lugares más o menos bonitos y los llenan de desperdicios y de miradas muy parecidas a las de los rumiantes cuando rumian. Grupos que transitan de un lugar a otro del planeta para terminar comiendo y bebiendo en los mismos sitios que tienen a dos manzanas de su domicilio habitual. Seres humanos que pagan un buen dinero por zambullirse en mares que nada tienen que envidiar a los que bañan nuestras costas. Personas a las que encierran en campos de concentración de lujo hortera, a 10.000 kilómetros de distancia, para hacer las mismas cosas que podrían hacer a la vuelta de la esquina.
La mayor parte de los problemas de esta humanidad desquiciada tienen su raíz en el hecho de que el hombre no sabe quedarse tranquilamente en su casa. ¿Usted se ha fijado en el árbol que tiene en su calle? Admírelo. Pasarán mil años y no habrá sido capaz de apreciar todos los matices de ese árbol: es distinto según las estaciones del año; es otro árbol si llueve o nieva o luce el sol; su color cambia, cada mañana, cada tarde, cada noche; suben o bajan hormigas por el tronco y, algunas veces, hay excrementos de perro en la tierra junto a las raíces y, otras, no. Luego están las hojas, distintas todas ellas, el universo entero contenido en una sola hoja. ¿No me cree? Coja una de esas hojas y contémplela… Es una maravilla. Tómese el tiempo necesario. Vuelva a mirar la hoja. Ni siquiera el mejor diseñador de coches de competición del mundo –suelen ser italianos- puede lograr una forma semejante. Al cabo de unos días la hoja amarilleará en sus manos y, como el excremento de los perros al pie del árbol, le hablará del fracaso de la vida. Es lo que toca. Lo que pasa es lo que toca. Y una hoja separada del árbol muere antes que las hojas que permanecen en él. Voy a hacer una comparación poética para que usted me entienda mejor: el árbol es su vida presente, su momento presente, su ahora; si usted se va del ahora, morirá: estará en el pasado o en el futuro, en los dos casos, ya se lo he dicho, habitará mundos que no existen más que en su imaginación. ¿Recuerda a Don Quijote? Es una novela muy divertida que nos habla precisamente de esto.
Entonces, si una simple hoja, es inabarcable, imagine el parque que tiene al lado de casa, con unos cuantos árboles y unas cuantas flores. La naturaleza es un exceso de belleza que no sabemos apreciar porque nos movemos demasiado. No se mueva, hombre. Hay tanto que admirar. ¿Se ha fijado usted bien en el cálido amarillo de una tortilla de patatas? ¿En el rojo cambiante de un buen vino? –los vinos malos también son rojos si son tintos, y, en general, los de ahora son mejores que los que bebían los reyes en el siglo XVIII-. Vamos muy deprisa y damos por supuestas muchas cosas. Esa tortilla de patatas hay mucha gente en el planeta que no puede disfrutarla y usted la tiene en casa o en el bar de la esquina. ¿Cuántas veces ha desaprovechado usted la ocasión de disfrutar de la tortilla de patatas porque estaba pensando, mientras la comía sin prestar atención, en el hijo de su madre del árbitro, en el pesado de la oficina o en la aseguradora que le ha subido la cuota? Por no hablar de los remordimientos que ha tenido después recordando la dieta que no es capaz de hacer o los índices de colesterol que le han dicho que debe mantener a raya.

OLVÍDESE DE SU SALUD Y VIVIRÁ MEJOR
Otro engaño de esta sociedad es que nos hace creer que viviremos eternamente. No. Se lo repito: no. Viva usted 120 años. Tal vez 800, como los patriarcas bíblicos. ¿Y qué? ¿Sabe usted la de cientos de miles de millones de años que este universo anda por ahí soltando bolas de fuego que dan vueltas alrededor de otras bolas de fuego que van y que vienen? El cosmos entero, si pudiera ser visto a cámara rapidísima, sería como un castillo de fuegos artificiales. Uno de esos puntitos brillantes que han durado unos segundos es el planeta Tierra. Pues eso es todo.
¿Y quiere usted venderme un seguro de vida? Permita que me ría, señor vendedor, y que le invite a una cerveza.
Disfrute de una buena cerveza en la taberna y contemple el árbol de la calle a través del ventanal. Sonría. Y cuando le hablen de fracaso, dígales que, en este preciso instante, millones de masas galácticas han fracasado como planetas o como estrellas, han implosionado o han sido engullidas por un misterioso agujero negro, del que no escapa ni la fuerza gravitatoria, ni nada de nada. ¿Fracaso? Invite a otra cerveza al que le hable de fracaso.



VI
FRACASE Y CONOCERÁ A SUS AMIGOS DE VERDAD
Pongamos por caso que usted es una de esas hormigas listas que consigue destacar en el hormiguero. Almacena usted grandes cantidades de comida, la vende bien, gana dinero, exporta su comida a otros hormigueros, compra los negocios de sus competidores y crea un imperio –en el hormiguero, no pierda la perspectiva-. A sus fiestas acuden los personajes más importantes y los menos importantes le hacen la pelota. Hormigas menos afortunadas le piden trabajo o dinero y usted, generosamente, les da trabajo y dinero. Incluso aquella hormiga que se peleó con usted la semana pasada, cuando eran jóvenes, –el tiempo también es distinto en los hormigueros-, vuelve para pedirle un préstamo y usted le dice que pelillos a la mar, todo olvidado, venga esas cinco patas, y se lo concede. En fin, todo es felicidad a su alrededor. Es usted uno de los reyezuelos del hormiguero.
Y, de repente, shit happens. Ésta es una expresión anglosajona de muy difícil traducción: viene a decir que surgen problemas como caídos del cielo; sin comerlo ni beberlo pasa una de aquellas cosas que hacen exclamar a los humanos: ¿por qué a mí? (Uno de los mejores relatos de las consecuencias de un shit happens se encuentra en la Biblia, en el libro de Job).
En el caso que nos ocupa, la situación puede, realmente, caer del cielo. Aquel niño se ha bajado de la bicicleta y ha puesto los pies justo encima del hormiguero. Para ser más exactos, ha puesto uno de los pies encima de la sede de su empresa y el otro, sobre su casa, que estaba al lado. Usted se ha salvado porque se encontraba de viaje en el hormiguero vecino, medio metro a la derecha de la rueda delantera de la bicicleta del niño. Le llevará a usted todo el día regresar a su domicilio. Lo hará deprisa porque está seguro de que, como temían los galos, el cielo ha caído sobre su cabeza –las hormigas científicas se encargarán de determinar qué clase de monstruoso OVNI metálico es ese que ven brillar sobre el horizonte; en cuanto al niño, lo catalogarán como uno de los nefilim que menciona, misteriosamente, el Viejo Libro-.
Al llegar a su casa, usted se tropezará con el desolador espectáculo de la destrucción de todo lo que constituía su vida. Ya no tiene casa, ni familia, ni empresa, ni comida. No tiene nada. Vagará como alma en pena por el hormiguero rogando un poco de ayuda y nadie se la dará. Sus amigos le volverán la espalda. Aquellos a los que favoreció con dinero y con trabajo le exigirán que cumpla los contratos.
-Todo ha desaparecido. Uno de esos nefilim lo destruyó todo –gemirá usted.
Pero nadie tendrá piedad. Es más, la reina del hormiguero le expulsará, acusándole de falta de previsión y de negligencia.
Es posible que alguna hormiga de los barrios bajos le permita dormir en su chabola de las afueras y un gusano le hablará sobre el sentido de la vida de los gusanos.
-Usted, querida hormiga, lo ha perdido todo, es cierto. Incluso los amigos. No sé por qué digo “incluso” –le dirá el gusano- cuando los amigos son lo primero que uno pierde si van mal dadas. A mí me sucedió algo parecido. Al final, sólo una mosca, que había sido mi principal competidor en el negocio de la fruta podrida, me acogió en su casa y me dio trabajo. Los humanos se han empeñado en hacerse eternos a base de conservantes y los cadáveres no hay manera de que se descompongan. Esto es un problema para las moscas. Los gusanos somos más tenaces y al final conseguimos convertir en comida incluso esos pechos de silicona de las abuelas de 94 años. Digamos que yo le facilito el trabajo a mi amiga, la mosca, y ella me paga. No tenemos más relación que esa, ¿sabe? Es una mosca que está de buen ver, pero uno tiene sus principios. Estos humanos ignoran que ya alteraron el orden cósmico hace millones de años, cuando esos nefilim se juntaron con las hijas de los hombres.Alguien se enfadó, no sé si me entiende, y por poco se va todo el universo a hacer puñetas. Ahora vuelven con lo mismo y me temo lo peor. Usted, como hormiga, es posible que aprenda de todo lo que le ha ocurrido. Los humanos no aprenden nunca. Se creen algo, ¿comprende? Nosotros los gusanos estamos aquí precisamente para recordarles lo que son, pero no hay manera de que comprendan. Nos ven y dicen: “mira, un gusano”. Eso es todo. “Mira, un gusano”. Es para responderles: “Sois unos idiotas. Acabaréis todos en mi estómago cualquier día. Es mejor que nos llevemos bien.” Pero no, prefieren pisarnos. Como si pisando a un par de los nuestros, todos desapareciésemos de su vida. Apareceremos en su muerte. Yo pienso que por eso nos pisan, ¿no cree?
-No sé. Ya no sé nada… –se lamenta la hormiga.
-Nadie sabe nada, no se apure. A los gusanos sólo nos ha valorado un humano: el hombre de Galilea. ¿Ha oído hablar de él?
-No.
-Un tipo muy especial. En nuestros viejos libros se dice que llegó a compararse con uno de nosotros. Realmente, él sí tenía el sentido de la proporción y de la medida. Pero parece que la cosa acabó mal. Uno no puede decir que es un gusano y esperar que no lo pisen.
-¿Le pisaron?
-Bien, se cree que fue algo peor que eso. En cualquier caso, digamos que sí, que le pisaron.
-¿Y qué pasó después?
-Es un misterio. En nuestros archivos no consta que ninguno de nuestros antepasados se lo comiese. Un caso muy especial, como ve.
-Yo ya no veo nada. He fracasado.
-Lo comprendo perfectamente porque yo vivo del fracaso ajeno. Vivo del fracaso de la vida. De lo que los humanos llaman el fracaso de la vida. Porque, deje que me ría un poco, nosotros seguimos vivos.
-Es que se creen algo. Es una gran tentación creerse algo. Tal vez yo llegué a creerme algotambién. Y no soy más que una hormiga.
-Querido amigo, empieza usted a recordarme al hombre de Galilea. Él era alguien, eso es muy distinto. Y vino a explicarles a los humanos que eran alguien.
-¿Yo también soy alguien?
-Si usted reconoce que es sólo una hormiga, es alguien, sí. Mejor dicho, si me permite el consejo: empezará a ser usted alguien.
Fin del cuento.
Las cosas más reales sólo se pueden explicar a través de los cuentos y de la poesía. Los niños, los poetas y los borrachos son los únicos que ven lo que hay al otro lado de los espejos y por eso nadie les hace caso.
El fracaso es un camino que conduce al otro lado del espejo. Es un camino estrecho, pequeño y áspero, pero no hay otro. Si usted se queda a este lado del espejo lo único que verá es una imagen de la realidad que se hará añicos en cuanto un niño tire una piedra o aparque su bicicleta encima del hormiguero. No tengo que decirle nada más a este respecto porque usted es un hombre culto y ya sabe a lo que me refiero. Si le dijese que aparte de su vida los espejos que le impiden ver la realidad, usted no me haría caso. Nadie rompe los espejos porque todo el mundo prefiere ver una imagen de si mismo antes que ver cualquier cosa que le recuerde que aquello que ve es una mentira. ¿Quiere que le diga cuál es uno de los nombres del espejo? Lo ha adivinado: éxito. El segundo es: poder. Y el tercero se llama yo.



VII
Hemos hablado del poder y del éxito y hemos visto que el ser humano más poderoso tiene el mismo poder que una hormiga. Seguramente, mucho menos desde un punto de vista galáctico. Desde un punto de vista cósmico –incluyamos, pues, todas las galaxias conocidas y desconocidas- el hombre más poderoso del planeta se parece bastante a un neutrino de segunda, ya sabe, una de las muchas partículas subatómicas.
El éxito es un bonito espejismo. Los hombres, sedientos de algún tipo de trascendencia –a nadie le apetece morir-, corren como desesperados hacia el oasis del éxito y, cuando llegan, se encuentran con un lugar tan vacío como el propio desierto en que han convertido su miserable vida.
La causa de todos estos males es sólo una y se llama “usted”. Bueno, o yo. “Yo” quiere decir yo mismo, el que esto escribe; y también quiere decir el “yo”, eso que los autores de libros de auto-ayuda se empeñan en agigantar, convenciéndole de que usted, o yo, seremos capaces de no se sabe cuántas proezas, y de que alcanzaremos el espejismo del éxito en dos tardes.
Pues no. Lo que uno tiene que hacer con su “yo” es destruirlo a toda velocidad. Ese “yo”, en la inmensa mayoría de los casos, es una construcción ficticia, un ídolo lleno de las mentiras que usted se ha creído sobre usted mismo; vacío de los defectos que no se atreve a aceptar; y repleto de los tejemanejes que se monta para no admitir que usted es como es y no como le gustaría ser. Su “yo” no es usted. Su “yo” es un muñeco fabricado por usted mismo con elementos del pasado y del futuro. Su “yo” no existe, pero usted lo protege y lo defiende con uñas y dientes porque se cree que sin ese “yo” usted sería como un caracol sin concha o como un cojo sin muletas.
-Oiga, ¿y cómo destruyo el “yo”?
Usted solito no va a poder. Es decir, podrá hasta el punto en que le duela. Hasta el punto en que se vea desnudo. Usted nunca querrá verse desnudo y correrá a ocultarse, como se dice que hicieron Adán y Eva. (Un relato que puede usted creer o no, pero que ofrece muchas claves sobre el comportamiento de los hombres y de las mujeres. Recuerde que el cobarde de Adán escurre el bulto y culpa a la mujer. Pero esta es otra historia y no nos gustaría perder el hilo argumental).
Usted no podrá deshacerse de su “yo”. Tendrán que arrancarle esa coraza a base de fracasos. Tendrán que destruir ese ídolo a golpes de humillación. Tendrán que recordarle, con dolor, que es usted una hormiga. Es decir, tendrá usted que familiarizarse con un concepto que no cita ningún autor de libros de auto-ayuda y que los autores de manuales de espiritualidad tergiversan como demonios.
Estamos hablando de la humildad.
Le resulta desagradable, ¿no es cierto? Lee usted la palabra “humildad” y crece en su interior, de repente, el rechazo hacia estas pobres líneas y la antipatía más profunda hacia el autor, que soy yo.
Humildad.
Humildad, sí, mi querida hormiga. Puede dejar de leer ahora mismo. Lo comprenderé. Sea usted quien sea, no es agradable leer palabras como “hormiga” o “humildad”. Si usted es político, actor, periodista, escritor, banquero o cualquier otra cosa que las hormigas consideran importante, estoy seguro de que ya ha dejado la lectura de estas líneas.
Humildad.
Noto, sin asomo de duda, cómo huyen despavoridos muchos de los lectores. No les voy a pedir que vuelvan. Es muy duro enfrentarse a solas con uno mismo y bucear en el interior de la conciencia –sí, esa vocecita familiar que usted tantas y tantas veces ha acallado, incluso con violencia-.



VIII
El fracaso es el mejor y más eficaz destructor del “yo” que se ha descubierto. Sobre todo porque uno se obstina en no reconocer que ha fracasado y lucha hasta la locura –literalmente, en muchos casos- para salvaguardar el ídolo del “yo”. Y cuanto más pelea, más se destruye. No se da cuenta de que el ídolo acorazado ha caído hecho pedazos, de que uno está desnudo ante el mundo y de que la gente le ignora, se ríe o le insulta. Un tipo muy interesante que se llamaba Francisco y era natural de Asís, Italia, se desnudó él mismo delante de los de su ciudad y dijo así soy y todos se lo tomaron a risa y él dijo que estaba muy bien que se riesen de él y se largó paseando, tranquilo y libre. Sabía que no era más que una hormiga. Por eso, dicen que llamó hermanas a las hormigas y a las cabras y a las gallinas; y hermanos, a los lobos y a los buitres y a todos los hombres; y lo llevó todo tan lejos –tan cerca de la verdad- que llamó hermano al sol y hermana a la muerte.
Muerte.
Los pocos lectores que permanecían por aquí han salido corriendo.
Esta sociedad tiene tanto miedo a la muerte que ha aparcado a los enfermos y a los viejos en hospitales y en residencias y ha retirado los cementerios de las ciudades y de los pueblos. Han puesto los cementerios lejos, para no verlos. Es un invento de la terrible Revolución Francesa. Alejar la muerte de la vida de los hombres supone alejarles de la única certeza posible y, por tanto, alejarles definitivamente de la realidad. Una vez alejados de la realidad, la manipulación de las mentes es mucho más sencilla.
También han desterrado el luto. Vestir de negro durante un par de años a causa del fallecimiento de un ser querido era una sana costumbre y una terapia para el dolor. Vestir de negro en público ofrecía la posibilidad de llorar en público sin que pasase nada –era lógico llorar la muerte del marido o del hijo-; vestir de negro en público permitía ser consolado en público; permitía digerir la tragedia en compañía; permitía asimilar la pérdida poco a poco y tomar conciencia de nuestra finitud; era un saludable aviso a navegantes. La gente lloraba y gemía y estaba triste porque lo natural cuando ronda la muerte es estar triste. Hoy, no. Hoy tiene uno que huir de la tristeza y del dolor y del llanto y hacer ver que todo es normal, no le de un vahído a mi amiga Puri o al pijo de mi hermano o al pesado del vecino.
-¿Qué tal todo?
-Murió mi padre.
-Y yo perdí el bolígrafo.
Así viene a ser la cosa. Como el ídolo del “yo” no resiste los embates del dolor y de la muerte, pobrecito, hay que ocultárselos. De modo que llevamos unas cuantas generaciones de hombres que ya no son hombres y de mujeres que ya no son mujeres. Son juguetes que se rompen en cuanto aparece la más mínima contrariedad. Vestir de luto se ha convertido en un pecado social, como han convertido el fumar en un pecado social. Fumar puede matar -¿lo ven? La muerte, otra vez-. Claro.
Vivir también puede matar. Y, efectivamente, vivir mata.



Elogio del Fracaso | Paco Segarra



O Libertino passeia por Braga, a idolátrica, o seu esplendor*

























Distingue-se esta era de outras passadas no ídolo que erguemos para o lugar de Deus. Outrora de barro ou ferro ou bronze ou pedra, é hoje o homem que pretende subir ao altar. Ídolo com pés de carne. Idolatria do que passa e perece e apodrece.
Súbditos subjugados ao mais infame de todos os deuses: o eu.





*Luiz Pacheco

estado crítico#2












E é claro para todos que, depois da crise financeira de 2008, a agenda mundial mudou. Esse ano é um marco de uma quebra de paradigma, onde a farra neoliberal, o grande desperdício de capital, se encerrou. Esse desperdício ficou também associado àquela arquitectura mais perdulária e formalista, como a do Frank Gehry, da Zaha Hadid ou do Santiago Calatrava. Depois disso, ficou claro que era preciso voltar a colocar outro tipo de produção. Porque o compromisso social da arquitectura é fundamental. Defendo a aproximação entre a arquitectura e as artes plásticas. Mas não entendo essa proximidade do ponto de vista formalista. Um arquitecto não é um grande artista porque é um criador de formas. A arquitectura depende muito fortemente de uma relação social, de ser um serviço para a sociedade e não uma actividade desgarrada, de figuras iluminadas.


Seria maravilhoso se tivéssemos no Mundial um estádio do Souto de Moura ou do Álvaro Siza | Guilherme Wisnik | Público, 31.03.2014



























O problema com este discurso é que prossegue, ao mesmo tempo e de modo inverso, a saga (épica) da representação do arquitecto (e da arquitectura) como "figura iluminada", que detém o conhecimento, o poder, de prever, no projecto, aquilo que é e será a sociedade. o vício modernista, ainda em vigor, mas agora sem dinheiro e com má-consciência.




moradas#9












Vivemos na profusão das palavras, perdidos em florestas de textos imagens números equívocos. Aprendemos menos do que aquilo que conhecemos e não sabemos dizer.

E nem no silêncio, cada dia mais rarefeito, somos obliterados da psicose das palavras que adquirem significados aleatórios. Dizer, dizermos, dizermo-nos, deixou de ser território comum; o mundo é reduzido à pestilência do eu.








Per Obedientiam ad Libertatem













P. – A Igreja tem uma grande preocupação em definir os campos permitidos à cultura, ao afirmar que determinadas expressões culturais são anti-cultura. Não há uma relação muito fácil entre a hierarquia católica e a produção cultural que, em algumas das suas expressões, é apontada pela Igreja como anti-cultura...

D. José Policarpo – Penso que é próprio de um juízo cultural — talvez mais do que em relação a qualquer outro sector humano — a dimensão ética e moral, que também faz parte da cultura. A cultura supõe discernimentos. Um ser humano que não sabe discernir e seleccionar os horizontes do aprofundamento cultural acaba por se perder no mare magnum das hipóteses. É próprio que cada grupo faça o discernimento cultural com aquilo que pensa da pessoa humana. Quando não estou de acordo, no discernimento cultural que faço, com a maneira como o Homem é concebido e proposto em certos autores ou em certos horizontes culturais, não significa que não os reconheça como cultura. Significa que é uma cultura com a qual estou em diálogo dialéctico, porventura em confronto, na medida em que a cultura é inevitavelmente dialéctica.
O conceito de anti-cultura entrou na linguagem contemporânea recentemente e é difícil de definir. Mas, em última análise, significa a proposta e a defesa de dimensões e de caminhos práticos para o Homem que nós sabemos, pela experiência histórica (e nós, os cristãos, também pela convicção da nossa fé) que se acabarão por revoltar contra o Homem. A uma corrente de interpretação da vida e da sociedade que, por exemplo, não respeite a vida humana, que relativize o valor supremo da vida humana, posso chamar-lhe anti-cultura.

A atitude da Igreja não é hoje a de afirmar que há áreas de produção cultural com a qual nem o contacto é positivo ao conhecimento. Mas por vezes temos a sensação de que quase há uma certa oposição...

A Igreja, no seu discernimento cultural tem uma proposta, que é a da dignidade da pessoa humana na sua relação com Deus e na relação fraterna com os irmãos. Essa proposta que é o Homem na sua inspiração evangélica (que não significa necessariamente o praticante, estamos diante da compreensão profunda do que é o mistério do Homem), leva a Igreja inevitavelmente a fazer discernimento. Mas a Igreja também é muito plural: pode haver quem se irrite com o que o vizinho do lado defende e quem não se irrite.

Fazendo uma comparação histórica, verificamos que já houve épocas em que a relação da Igreja com o fenómeno cultural era uma relação mecenática, de apoio ao desenvolvimento das artes, e hoje essa relação quase não existe.

E porque é que isso aconteceu? Aconteceu porque a Igreja foi, durante muito tempo, nas sociedades ocidentais, a principal, senão a única expressão comunitária. É muito difícil que, fora de um contexto comunitário, as pessoas, os indivíduos encontrem o lugar para a sua produção e o seu desenvolvimento cultural. A Igreja foi foco e mecenas de cultura porque era, na maior parte dos casos, a única expressão comunitária.
Também nunca foi completamente a única. Houve sempre expressões culturais, mesmo no universo do Ocidente, que aconteceram fora do horizonte específico da Igreja. Tão pouco hoje é a única, há outros enquadramentos e outros dinamismos de valorização comunitária. E quando hoje se diz que a Europa é um continente cuja cultura é de inspiração cristã, podemos dizer que o cristianismo foi a componente principal, mas não exclusiva, do caldear da cultura europeia. O judaísmo teve sempre um papel importante e a presença dos árabes foi também uma grande componente no caldear dessa cultura.

Essa cultura é uma cultura da igualdade, contudo há novas e crescentes desigualdades. Qual é a base para poder definir em que é que as pessoas são iguais: Porque ocupam o mesmo espaço geográfico? Pela sua raça? Pela sua língua?

É um dos conceitos difíceis de exprimir desde a Revolução Francesa para cá, que fez da trilogia Igualdade, Liberdade, Fraternidade, o princípio da nova ordem. Desde a igualdade no conceito dos enciclopedistas que fizeram a Revolução Francesa até à igualdade filosófica — eu diria também a noção religiosa, cristã, que é fundamentalmente a afirmação da igualdade da dignidade de todos os seres.
A Declaração Universal dos Direitos do Homem, quando diz que todos os seres são iguais, refere-se à dignidade fundamental do ser humano. À dignidade da sua vida, da pessoa humana como projecto, da pessoa humana como qualquer coisa de sagrado. Significa que qualquer discriminação da pessoa, venha ela por fonte política, ideológica ou étnica, se se consagra no campo dos princípios, é injusta. Todos os seres humanos são iguais.
Nas sociedades contemporâneas voltámos, curiosamente, à intuição da Revolução Francesa, indo um pouco mais longe que esta declaração de princípios de igualdade, ao olhar para a igualdade realizada, ao modo como a igualdade acontece nos contextos sociais em que estamos. Na nossa cultura, neste momento, sublinha-se muito uma coisa com que estou completamente de acordo, que é a igualdade de oportunidades. Uma sociedade justa tem de garantir, o mais possível, que todos os seres humanos, exactamente porque eles têm essa igualdade fundamental, têm o direito de ser pessoas, de construir a sua própria história.
Não há igualdades feitas à partida. As igualdades sociais que sejam produzidas por uma força exterior à pessoa acabarão por ser opressoras. A pessoa humana tem de ter uma margem de auto-realização, de construção do seu projecto e, para isso, a igualdade de oportunidades parece-me uma boa definição do que é uma aplicação da igualdade já em sentido prático.
Há também as diversas igualdades que se vão discutindo. Hoje fala-se muito da igualdade entre homens e mulheres, na medida em que seja a afirmação da igualdade da dignidade como ser humano, a afirmação da igualdade de oportunidades e a exclusão de discriminações concretas na vida social pelo facto de se ser homem ou de ser mulher — como também de ser preto ou de ser branco, de ser isto ou ser aquilo. Tudo isso são concretizações pelas quais devemos lutar.
O conceito fundamental de igualdade e de igualdade de oportunidades inclui, no entanto, e necessariamente, o conceito do direito à diferença. Igualdades que sejam homogeneidades deixam de ser realizações positivas da igualdade. Às vezes esquecemos que a luta pelas igualdades não se traduz necessariamente por sermos a cópia uns dos outros ou termos os mesmos direitos ou a mesma realização. A diferença homem/mulher, por exemplo, é a grande divisão que a natureza nos proporcionou, mas que revela também uma enorme complementaridade.
As diferenças culturais têm a ver com o conceito de tolerância, de que já falámos. Uma tolerância que não seja apenas o não me importar que o vizinho do lado exista, mas que seja uma abertura e um reconhecimento dos valores que ele tem e que eu não tenho e que posso, pelo menos, apreciar e, porventura, partilhar.
Fala-se muito de interculturalidade, de diálogo intercultural. Não há diálogo intercultural fecundo se não há atenção à diferença, se não há esta consciência de que o outro é diferente de mim e que eu posso, no mínimo dos mínimos, ter a alegria de contemplar essa diferença. Mas que até posso partilhá-la.


Ninguém quer homogeneizar os sexos, mas a igualdade de oportunidades para ambos os sexos, em Portugal, está ainda muito longe de ser uma realidade, não lhe parece?

Penso que sim. Parece que historicamente é inelutável — na dialéctica de Marx, uma das formas históricas da revolução era a dialéctica entre os homens e as mulheres —, mas tenho pena que tenham que ser as mulheres sozinhas a reivindicar. A luta por um lugar dignificante da mulher na sociedade deve ser uma luta de homens e mulheres. Penso que é uma pena e um empobrecimento quando essa luta é só das mulheres. Claro que elas são as primeiras visadas e têm certamente, do seu universo, uma compreensão mais plena. Mas é isso que é interessante: por mais avançadas que sejam as sociedades, há aqui um mistério insondável do ser humano, pois dificilmente um homem penetra no universo feminino e vice-versa.
O único caminho onde isso ainda é possível é o amor e muitas vezes, nas sociedades, reage-se pragmaticamente a estes grandes fenómenos, a estes grandes movimentos. Pessoalmente não tenho uma simpatia congénita por movimentos feministas, mas tenho uma simpatia muito grande por todos os movimentos que sejam de defesa daquilo que há de mais precioso (que até nós, homens, temos), que é a complementaridade das nossas irmãs mulheres. Descobri uma coisa muito simples: é que dignificar a mulher é dignificar a sociedade, é dignificar a cultura, é dignificar o próprio homem.

Como é que encara nesse contexto o debate sobre as quotas de mulheres para os lugares políticos?

É uma questão menor num problema grande. Acho uma tentativa um pouco coxa, justificável numa dialéctica momentânea dos partidos. Eu diria que, do mal, o menos. Mas parece coxo porque fica por resolver a questão fundamental, de uma sociedade de verdadeira igualdade de oportunidades, onde ninguém é excluído da responsabilidade política mas onde não se chega à política por se ser isto ou aquilo. É evidente que isto só é possível com uma grande mudança de mentalidade e com uma sociedade que proteja a mulher nas tarefas em que ela é insubstituível.

É um sintoma mais grave o que se passa ao nível da violência sobre as mulheres?

É com certeza mais grave. Porque a violência sobre as mulheres oprime-as a elas, mas é o sintoma mais grave e mais triste do aviltamento do homem. Um homem que violenta uma mulher é um homem que desce o mais baixo que pode descer. A violência sobre a mulher não é um sintoma grave só para as mulheres, é um sintoma grave da sociedade, é um sintoma grave do próprio homem como ser masculino.

Como é que um país como o nosso, tradicionalmente católico, com um fundo religioso, chegou a este fenómeno de violência?

Como é que chegou ou como é que ainda não saiu dele?

Ou como não saiu dele?... A mensagem cristã não penetrou na cultura das pessoas?

Tenho uma visão muito mais simplista. O fenómeno é velho. A violência entre homens e mulheres não se pode isolar da violência da sociedade. Talvez ela hoje se exprima mais. E infelizmente, como se tem visto nas notícias e nos estudos que têm sido feitos, tem sido trazido ao de cima o rosto silencioso e sofrido da violência no seio familiar, que era menos conhecido. Hoje, as ciências de análise revelam-nos coisas que se passavam muitas vezes no silêncio e na intimidade do lar. Certamente, esse é um contexto onde as coisas podem acontecer, mas não se pode desligar da violência no seu todo. Um ser humano que não venceu a etapa da violência, reage com violência na relação pai-filho, homem-mulher, patrão-empregado. O que há a vencer é a etapa da violência. Isso é uma luta que a humanidade há-de travar até ao fim porque não creio que alguma vez, neste mundo, ela se ultrapasse completamente.
Quando digo que tenho sobre isto uma análise muito mais simplista é porque penso que, na nossa sociedade, o que isso denuncia é a tremenda fragilidade na educação. É pura e simplesmente uma fragilidade educacional. Um ser humano que tenha uma educação sã, sadia e que foi educado no respeito pelo outro e pela sociedade, há certas coisas que não faz: não rouba carteiras na rua, não bate nas mulheres... (...)

Falando ainda da igualdade de dignidade entre os sexos: não faz falta à hierarquia católica a presença também de um modo feminino de ser pastor?

Essa é uma questão hoje muito disputada. Ao nível da consciência colectiva e dos mass media, foi levantada nos últimos anos.
Há na Igreja Católica, para já, uma posição quase dirimente do acesso das mulheres ao ministério ordenado. Respondo a isso contando uma história. Durante alguns anos, representei os bispos portugueses na Comissão dos Episcopados da Comunidade Europeia. Um dia, perguntei ao representante da Dinamarca como é que, naquele país, tinha corrido a experiência das mulheres-presbíteros na Igreja Luterana. Ele deu-me uma resposta curiosa: quando a novidade surgiu, criou uma certa polémica social, pois a sociedade dinamarquesa não estava preparada para ver a mulher num lugar cimeiro da comunidade eclesial, na confissão maioritária que é a luterana; mas, ultrapassado esse primeiro momento de impacto social, elas são muito bem aceites em certas tarefas, como a de capelães hospitalares. São menos aceites na condução litúrgica da comunidade. De qualquer maneira, o juízo deste senhor era positivo, no que dizia respeito à experiência da Igreja Luterana na Dinamarca.
É difícil responder a essa questão na Igreja Católica, que deu sempre um lugar muito importante à mulher, mas noutras tarefas e noutros sectores. Se alguma vez isso viesse a acontecer, teríamos inevitavelmente um período de adaptação das comunidades e das pessoas à presença das mulheres nesse ministério. Que elas eram capazes — as que tivessem vocação para isso —, não tenho dúvidas. Há mulheres capazes de exercer esse ministério.
As razões pelas quais a Igreja Católica não se abriu ainda a essa hipótese são sobretudo as da tradição apostólica, que foi sempre de homens. Não creio que as coisas estejam ainda amadurecidas e não é por via da reivindicação que se lá chega. Terão que ser as comunidades e a Igreja, como um todo, a amadurecer o assunto. É um facto que hoje, mesmo dentro da Igreja Católica, se aceitam mulheres em papéis que há trinta anos eram impensáveis. Eu responderia assim à pergunta, num sentido mais amplo...

Mas, num sentido amplo, reconhece que, olhando para a História, é pena que a Igreja Católica não tenha esse modo feminino de ser pastor como tradição? Podia ser um enriquecimento.

Esta questão tem muito a ver com uma outra, de que nós estamos agora a começar a sair e a fazer a síntese: a de uma Igreja demasiadamente clericalizada, feita a partir da hierarquia. Na medida em que a Igreja seja mais Povo de Deus e que este ministério seja estritamente para o essencial do que é o ministério ordenado, penso que ganhará mais realce a Igreja-comunidade, a Igreja-Povo de Deus. E ressaltará muito mais a dimensão pastoral da presença feminina do que neste esquema de Igreja clericalizada.
Nessa hipótese, não tenho dúvidas nenhumas em dizer que a Igreja, como comunidade, não só precisa mas ganha com isso, e tem já uma presença feminina muito forte, mesmo ao nível pastoral. Há mulheres que exercem responsabilidades pastorais em sectores importantes da vida da comunidade e já não sei imaginar a Igreja sem a força dessa presença feminina.



Reconhecermo-nos cidadãos de uma mesma democracia envolve não só a afirmação da igualdade, mas alguma identificação entre as pessoas. Em sociedades abertas, a imigração e as desigualdades colocam o problema de saber a quem se reconhece a cidadania. Não estamos a caminhar no sentido de uma definição demasiado restritiva de quem é cidadão e pode ter todos os direitos?

A questão é muito complexa, porque a Humanidade está num ponto de viragem. A cidadania é uma das categorias que dão fundamento à organização humana. Durante séculos, ela foi constituída por pólos de unidade: a mesma cultura, a mesma raça (embora a pluralidade étnica desde há muito se tenha introduzido nas sociedades), a mesma língua (dificilmente se pode imaginar a cidadania sem uma mesma língua). O fenómeno da transmutação de populações, as emigrações e as migrações internas, sejam por que motivos forem (económicos, políticos, de segurança), nunca como hoje se verificaram na história da Humanidade.
Do conceito de emigração faz parte o da comunidade que acolhe e daqueles que são acolhidos. No caso concreto de Portugal, pode haver pessoas ou grupos que desembarcam aqui por serem refugiados políticos ou por virem à procura de um mercado de trabalho mais amplo e de uma melhor situação económica. Eles estão na situação de serem acolhidos — logo, tem que haver uma comunidade que acolhe. Não seria bom que esses imigrantes chegassem e se confundissem com toda a gente. Isso levaria a comunidade que acolhe a correr o risco de perder a alma e a identidade. Quando, numa casa, já não se sabe quem é visita e quem é da família que recebe, as coisas não correm bem.
Dentro deste conceito, muito simples, de uma comunidade acolhedora e da pessoa que é acolhida, há uma fronteira de cidadania política. Quem chega é um hóspede e quem acolhe é capaz de o fazer, mas não se identifica, à partida e imediatamente, com os acolhidos.
Hoje, as comunidades de acolhimento estão sob grandes pressões, que levam ao fenómeno de se fecharem as portas, como estamos a verificar nas sociedades ocidentais. São tantos os que batem à porta que esse facto acaba por criar uma atitude de defesa: “Não temos lugar para todos, tenham paciência, já acolhemos vinte, não podemos acolher vinte e cinco.”
A restrição ao acolhimento é um problema sério, que nos vai certamente obrigar a pensar a humanidade em que queremos viver. É preocupante o que se passa, neste momento, na União Europeia. Com acordos como o de Schengen, corre-se o risco — embora tal não esteja na intenção moral de nenhum líder europeu actual — de, na prática, acabarmos por construir uma espécie de fortaleza protegida contra os povos do mundo e os forasteiros que olham para o Ocidente mais rico e desenvolvido como uma pátria de acolhimento.
Há também o problema da integração, a médio e a longo prazo, das pessoas que chegam, facto que leva as sociedades a criar mecanismos legais. Essas leis têm que ser feitas com abertura, mas, ao mesmo tempo, com prudência e sabedoria. São esses mecanismos legais os únicos que permitem que, sem rupturas — ou seja, sem deixar de saber quem acolhe e quem é acolhido — se realize a inserção, em plena cidadania, das pessoas que estão cá há bastante tempo, que têm laços. Hoje relativizou-se muito a dimensão étnica...

Ainda que haja guerra na Europa...

Mas, na consciência internacional, essa dimensão está relativizada. A China ainda valoriza muito a dimensão étnica no acolhimento da cidadania, mas no resto do Mundo esse não é hoje o critério mais importante. Conhecer e falar a língua ou identificar-se com uma história são motivações mais importantes. Curiosamente, um país como os Estados Unidos, que foi um dos países de acolhimento mais abertos dos últimos dois séculos, um país que acolhe toda a gente desde que se consiga lá entrar, mantém-se restritivo em relação à assunção da cidadania. Mas, os que a obtêm é porque mostraram ser capazes de viver naquela sociedade como americanos, identificando-se com a história do país e com um conhecimento da língua. São dados mínimos... (...)

Há um fenómeno que toca franjas das populações imigrantes, mas não só, que é o das pessoas que estão à margem do sistema, sem direitos. Preocupa-o esta situação?

Preocupa. Neste problema, a grande questão não é política, é social. A fronteira acaba sempre por ser entre os pobres e os ricos e, nesse caso, a situação complica-se e ganha outros horizontes. No fenómeno da migração económica, passámos de pequenos grupos que era fácil acolher para multidões vindas dos países pobres em busca de trabalho em sociedades que, por sua vez, podem entrar em crise interna, com o desencadeamento de fenómenos de egoísmo e auto-defesa. Há reacções que são já fruto da auto-defesa interna dos grupos que construíram, durante um período de tempo, uma história e uma situação social de bem-estar e que não estão dispostos, de maneira nenhuma, a vê-los postos em questão pela quantidade de gente que vem de fora e exige esse acolhimento.
Mais uma vez, este é um problema de prudência e de sabedoria: os nossos irmãos que vêm das antigas colónias por vezes nem sequer facilitam a integração mínima que é a legalização como emigrantes. São um alvo fácil para todo o tipo de exploração porque infelizmente, na sociedade, há sempre alguém que está disposto a explorar alguém.
O governo português tem tido uma política, cujas últimas manifestações foram generosas, de facilitação da legalização das pessoas que estavam sem documentos. Mas muitas não querem e outras nem sequer deram por isso, o que faz com que o conjunto de pessoas na clandestinidade ainda seja muito grande. O que não é bom. As sociedades contemporâneas, super-organizadas como as ocidentais, não podem ter uma percentagem de coabitantes sem saberem que eles cá estão: o mínimo que precisamos de saber é quem cá está. Até para sabermos como havemos de os acolher...
Voltamos à ideia do acolhimento. Este fenómeno da clandestinidade acontece hoje em todas as sociedades. Nós, portugueses, temos nisso uma longa e dolorosa experiência. É uma das componentes maiores da mobilidade entre os povos. E as sociedades, nos últimos trinta anos, deram passos significativos para acabar com essa marginalidade social.


D. José Policarpo (1936-2014): cultura, mulheres, migrações e diálogo intercultural

Príncipe Real Design District

Lisboa, 12.03.2014

dos trabalhos do mundo corrompida/que servidões carrega a minha vida*








Lamentam-se os arquitectos
lamentam-se os promotores
lamentam-se os construtores
lamentam-se os políticos e os inspectores do fisco.

A cidade, crise e a sustentabilidade
o golden-visa e a expansão dos mercados
e toda esta gente, com nome e apelido, posição, e até opinião, sobre o deserto onde agora colhemos
a paisagem que em todos estes anos semeamos.








*Servidões | Herberto Hélder

no mais carnal das nádegas/as marcas/das frescas cuecas*

Lumiar | Lisboa









A lei, o corpo normativo que se preocupa com o que se pode ou não pode fazer, é omisso no como fazer. A fealdade é o preço, às vezes, da liberdade.






*Servidões | Herberto Hélder

se isto é um Homem














I collect evidence of man’s inhumanity against God. The pain we cause Him. We have poisoned His atmosphere. We have slaughtered His creatures of the wild, polluted His rivers. We have even taken God’s noblest creation, man, and brainwashed him into becoming our product, packed, stalked and
canned.

The Night of the Iguana | Tennessee Williams 


'Não podia fazer outra coisa’. Eu compreendo, Siza.













1 Por mais voltas que lhe demos, a nossa cultura nunca deixará de ser platónica no sentido em que, para nós, conhecer significa recordar-se. E, portanto, toda a vida é um processo de reconstrução. Siza gosta de dizer que, em arquitectura, ninguém inventa nada. É uma outra forma de dizer o mesmo.

2 Não sei muito sobre História mas suspeito que nunca, como hoje, se falou tanto na diferença e nunca tudo foi tão igual. Até na arquitectura. Querer obsessivamente ‘marcar a diferença’ representa, em geral, o caminho mais curto para a repetição.

3 A diferença entre a boa arquitectura e a má ou assim-assim é que a boa arquitectura copia sem repetir e a ‘outra’ repete ao copiar.

4 Tudo começa nos olhos. Siza costuma falar na necessidade de aprender a olhar. E na importância de viajar. A arquitectura educa o olhar e educa-se no olhar. Só quando se olha muito e bem se começa a vislumbrar o essencial. Sempre Platão…

5 Recordo-me das visitas de Siza à igreja do Marco durante a construção. Mal chegava, olhava. Percorria a obra, sozinho, e olhava. Às vezes media com as mãos. Depois de olhar, pausadamente, e de medir com as mãos, reunia a equipa: colaboradores do gabinete, técnicos das especialidades, encarregado geral, fornecedores, dono da obra.

6 Ao longo do processo, Siza foi-se descosendo: ‘Fui visitar La Tourette’, ‘fui visitar o convento de Barragán’, ‘fui visitar a capela de Vence’, ‘fui visitar uma igreja no sul de Itália’. E quantas outras não terá visitado ao longo do processo e da vida!

7 ‘Numa delas – disse-me, mas já não me recordo em qual. Ou se não me disse, sonhei – entrei e ajoelhei-me. Não podia fazer outra coisa’. Eu compreendo, Siza.

8 Nunca me apercebi se alguma vez, ao entrar na ‘sua’ igreja, caiu de joelhos, por não poder fazer outra coisa. Estou convencido que se o fez, fê-lo discretamente. E se não o fez, foi por modéstia.

9 Poucos dias depois da inauguração (ou sagração, como preferem dizer os peso-pesados do sagrado) Siza entrou e começou a percorrer o espaço, como sempre fazia. Acendeu um cigarro. Com o primeiro fumo atravessado na garganta, saiu na direcção da porta e deitou o cigarro fora. ‘Esqueci-me que agora já não se pode fumar aqui!’

10 Eu sorri. Não faço ideia do que lhe respondi, se é que respondi alguma coisa. Hoje, ao recordar o episódio, ocorre-me o poema ‘Irene entrando no céu’, de Manuel Bandeira: ‘Entra, Irene, você não precisa pedir licença’.

11 Siza nunca explicava tudo, o que, não raras vezes, era um grande incómodo porque obrigava a pensar. E não era por não saber. Ou seria. Eu julgo que ele não explicava tudo por respeitar a inteligência das pessoas.

12 A virtude do mestre é ditar o silêncio. Ditá-lo como se dita um texto a quem está a aprender a escrever. Com todas as pausas necessárias.



Nuno Higino


O estranho mundo de Theodore

























É inevitável a empatia imediata com o mundo solitário de Theodore Twombly (Joaquin Phoenix). Na volubilidade de um processo de divórcio, ensimesmado, voltado para si e para o seu mundo que rui, Theodore vagueia entre o trabalho como escritor, que providencia aos seus clientes eloquentes cartas que exprimem o amor e o afecto que eles mesmos são incapazes de pôr em palavras, durante o dia, e as noites ocupadas entre jogos de vídeo, redes socias e as memórias dolorosas da separação.
Reduzido aos escombros de memórias e do vazio quotidiano, incapaz de estabelecer e aprofundar relações com com o ‘outro’, inevitavelmente Theodore sucumbe em indiferença a tudo o que o rodeia, com excepção de uma amiga de longa data e vizinha e a fugazes vislumbres aos que o rodeiam. E todos eles, iguais a si e entre si, em desencontro, desconhecimento e reclusão, reduzidos a peripatéticas digressões quotidianas de solidão e indiferença, não diferentes da sua.
Onde o outro é ausente é também ausente o corpo e a carnalidade. Num mundo rarefeito de humanidade e sem corpo(s), onde um novo sistema operativo, que adquire emoção e intuição – uma impossibilidade técnica e tecnológica mas negligenciável para efeitos de narrativa – devagar toma conta e conduz os estados emocionais de Theodore. Sem surpresa, Samantha (o sistema operativo, na voz de Scarlett Johansson), é o estímulo ao prazer solitário, onde o sexo é um voraz placebo do vazio e da solidão, de gratificação imediata e sem qualquer vínculo humano.
A questão coloca-se no significado do amor. Os gregos usavam quatro palavras para o dizer: storge (afecto natural, familiar); eros (desejo e amor romântico); phileo (amizade); ágape (dádiva completa ao outro). Her (Uma História de Amor) explora a hipótese do eros entre um homem e um dispositivo de inteligência artificial. O eros, a vertigem sentimental e emocional, que aqui não é mais do que apenas do que aquilo Theodore (e Samantha) narcisicamente sente(m), sem possibilidade de evoluir para a agape, esse amor incondicional e radical abertura ao outro, em toda a largueza humana. A impossibilidade do outro (e do amor), radicará na antropologia e na cultura deste mundo proposto por Spike Jonze.
Do egoísmo e narcisismo subterrâneos, resultado dessa sociedade atomizada, em que qualquer vínculo ao outro é tão mais frágil quanto a lógica do prazer imediato se impõe. A sucessão híper-hedonista recusa a dificuldade do real e a complexidade inerente a qualquer relação humana. O prazer como estímulo de preenchimento do vazio existencial que, ao invés de, justamente, o preencher, cava ainda e cada vez mais esse vazio.
Não é um filme sobre a solidão, mas propõe um mundo onde cada um de nós é desencontro, desconhecimento e reclusão. Her não configura, na aparência de uma fotografia de cores quentes e quase tácteis, a distopia de um mundo desumanizado e sob regulação totalitária, mas margulha-nos num universo onde cada indivíduo é um átomo isolado, à mercê do isolamento emocional, afectivo e humano.

[Her (Uma História de Amor), Spike Jonze, 2013, 120']


publicado no site do Secretariado Nacional da Pastoral da Cultura

Arvo Pärt sobre o Canto Gregoriano

























O meu compositor favorito vivo é Arvo Pärt, que é também o compositor vivo mais tocado no mundo, pelo terceiro ano consecutivo.

Tenho quase todos os discos e partituras da sua música, fui abençoado com a presença do compositor nalguns concertos a que assisti, (incluindo a estreia mundial da peça In Principio, em Graz), e dediquei-lhe um conjunto de sete composições corais em honra do seu septuagésimo aniversário, às quais, em agradecimento me fez um telefonema a partir da Estónia e durante o qual conversámos cerca de 12 minutos – um dos momentos verdadeiramente importantes da minha vida de músico.

O que é valioso na sua música é a respiração da antiga espiritualidade religiosa e no entanto o seu idioma global, particularmente a linguagem harmónica, ser minuciosamente moderno. É óbvio que o compositor ama e acredita profundamente nas realidades com as quais lida e, consequentemente, trata cada palavra, cada frase, com intensa compreensão e sensibilidade. E isto não é menos verdade acerca dos seus trabalhos instrumentais, como a Quarta Sinfonia. Muitas vezes, nas suas partituras orquestrais, encontramos textos da liturgia eslava no meio de partes instrumentais, como se os violinos fossem um coro sem palavras a cantar ao Senhor - numa impressionante reinterpretação da ideia de ‘coro de cordas’.

Numa entrevista de 1978, pouco depois da estreia da sua primeira peça tintinnabuli, Ivalo Randalu perguntou-lhe: ‘Tomemos como exemplo os Tintinnabuli. O que espera descobrir ou encontrar aí? A tónica e a tríade; o que procura aí?’ Ao que Arvo Pärt responde:

Infinito e castidade… não sei explicar, é necessário conhecê-lo, é necessário senti-lo. É necessário procurá-lo, é necessário descobri-lo. É necessário descobrir tudo, não apenas o meio de o exprimir, é necessário ter a necessidade disso. É necessário desejá-lo, é necessário desejar ser assim. Tudo o resto vem por si próprio. Então, teremos ouvidos para o ouvir e olhos para o ver.

Poderemos enumerar vários argumentos sobre as qualidades da música de Pärt, mas o propósito deste artigo é deixar o compositor falar acerca de uma descoberta que considera decisiva na sua carreira: a sua descoberta do Canto Gregoriano e de como isso afectou profundamente o seu desenvolvimento artístico. E é inspirador ouvir este compositor, considerado um dos mais importantes artistas vivos, falar acerca da maior colecção de melodias da história da música.

Numa entrevista concedida a Martin Elste, em 1988, para a revista Fanfare:

O Canto Gregoriano ensinou-me que um segredo cósmico se encontra escondido na arte de combinar duas ou três notas. O que é algo que os compositores de doze notas desconhecem. A estéril democracia entre notas matou em nós qualquer sentimento vivo.

De uma conversa, em 1990, com Roman Brotbeck e Roland Wächtner, citado em Arvo Pärt in Conversation:

O Canto Gregoriano foi para mim o primeiro impulso [com vista a um novo começo]. Foi autêntico espanto. Não tinha ouvido esta música antes. E quando me cruzei, por acaso, com ela, soube: é isto o que agora precisamos, o que agora preciso.

Em Dezembro de 2000, Pärt, numa conversa com Jordi Savall, editada em 2012 na revista Music & Literature, descreve o encontro transformador com o Canto Gregoriano:

No início, no meu período de ‘doze notas’, vivia separado das fontes originais. Então, a viragem que operei foi uma questão de reaprender a fazer todo o caminho outra vez. Sem dúvida, a razão porque tal metamorfose ocorre com algumas pessoas permanecerá para sempre um enigma; o que sei é que quando ouvi o Canto Gregoriano pela primeira vez já deveria ser suficientemente maduro para ser capaz de apreciar tal riqueza musical. Nesse instante senti-me plenamente indigente e rico. Completamente despido. Senti-me como o filho pródigo que regressa à casa de seu pai. Não tinha nada, não tinha alcançado nada.

As metodologias que até então tinha usado não me permitiam dizer o que eu queria dizer através da música. Nesse momento todo o meu trabalho me pareceu como uma tentativa de transportar água com uma peneira. Estava absolutamente convicto: tudo o que tinha feito até então não o voltaria a fazer mais. Por alguns anos tentei compor utilizando a técnica da collage, sobretudo com a música de Bach. Mas tudo isso era mais um qualquer compromisso do que algo que trouxesse na carne. E então, o encontro com o Canto Gregoriano… tinha que voltar ao início. Demorei sete, oito anos, até voltar a sentir um módico de confiança – um período durante o qual ouvi e estudei muita música antiga, evidentemente.

Simplificando, nessa época [circa 1970], já me tinha distanciado de todos os movimentos políticos e das lutas pela liberdade. Acredito que alguém que queira mudar o mundo tem de começar não no que lhe é exterior, mas que o início dessa transformação é no seu interior. E essa é uma conquista que se alcança milímetro a milímetro.

Idealmente seria capaz de compor uma melodia com uma voz infinita, que se prolongasse para sempre. Música que fosse como um discurso, como um fluxo do pensamento. […] Na música, podemos dizer que uma voz ou uma linha melódica é como a alma de um homem. Neste sentido, a polifonia terá mais a ver com a ideia de uma multidão. A riqueza da música de várias vozes é, no entanto, o conjunto da riqueza de cada uma dessas linhas melódicas – como é o caso da polifonia dos grandes mestres do passado.

E por fim, Enzo Restagno manteve uma longa conversa com Pärt em Julho de 2003. Aqui estão as passagens mais pertinentes retiradas do livro Arvo Pärt in Conversation editado em 2012:

Para poder continuar [após uma crise] é preciso atravessar um muro. Para mim, isto sucedeu por uma conjugação de alguns, por vezes acidentais, encontros. Um deles, que em retrospectiva se revelou de importância capital, foi com uma pequena peça do repertório Gregoriano que ouvi quase por acaso durante alguns segundos numa loja de discos. Nela descobri um mundo que desconhecia, um mundo sem harmonia, sem métrica, sem timbre, sem instrumentos, sem nada. Nesse instante tornou-se claro para mim que caminho teria que seguir, e uma longa viagem iniciou-se no meu inconsciente. […] Só mais tarde compreendi que é possível exprimir mais apenas com uma simples linha melódica do que com muitas. Nessa altura, dadas as condições em que me encontrava, era incapaz de escrever uma única linha melódica sem o recurso a números; mas os números do serialismo também já não tinham sentido para mim. Não era o caso com o Canto Gregoriano. As suas linhas tinham alma.

Nessa época [nos anos após o Credo, de 1968] estava convencido de que não poderia prosseguir com os meios composicionais que tinha ao meu dispor. Simplesmente não tinha matéria para continuar, simplesmente deixei de compor. Queria encontrar qualquer coisa vivo e simples e não destrutivo. […] O que eu queria era apenas uma simples linha musical que vivesse e respirasse interiormente, como aquelas dos cantos de outrora, ou como ainda hoje existem na música popular: uma melodia absoluta, uma voz despida que é a fonte de todo o resto. Queria aprender a dar forma a uma melodia, mas não tinha a mínima ideia de como o fazer.

Tudo o que tinha para continuar era um livro de Canto Gregoriano, um Liber Usualis, que tinha recebido de uma igreja de Talin. Quando comecei a cantar e a tocar essas melodias tive a sensação que me estava a ser dada uma transfusão de sangue. Foi um trabalho extenuante porque não se tratava simplesmente de absorver toda aquela informação. Tive de ser capaz de compreender essa música desde as suas raízes: como ganhou existência, o que as pessoas eram quando a cantavam, o tinham sentido ao longo das suas vidas, como compuseram esta música e a transmitiram através dos séculos até se tornar a fonte da nossa própria música. […] Consegui construir no meu interior uma ponte ente o passado e o presente – um passado com alguns séculos – e isto encorajou-me a continuar a explorar. Ao longo desses anos preenchi milhares de páginas com exercícios em que ia escrevendo melodias para uma voz.

Pärt pode ajudar-nos a entender, mais uma vez, com novos ouvidos, o tremendo, inesgotável bem e fertilidade do Canto Gregoriano. Embora apenas uma pequena parte da sua música seja baseada directamente nos motivos do Canto Gregoriano, (como por exemplo o são o Credo da Missa em Si menor de Bach, a Totentanz de Lizt, ou o Requiem de Duruflé), quase todo o seu trabalho – a Passio e o Te Deum vem-nos imediatamente à memória – é permeado pelo sentimento e espírito do Canto Gregoriano.

Partilha com o Canto Gregoriano a fluidez frásica, onde o ritmo musical se sustenta nas exigências da palavra; o carácter modal e subtileza emocional, que resiste à superficialidade e convida à contemplação. Tanto o canto como os tintinnabuli são muito bem descritos pela definição que Platão dá do tempo como «imagem em movimento da eternidade».

Para Pärt, como nos revelam as suas composições e as suas palavras, a música é um mistério elementar ao qual nos devemos aproximar reverente e silenciosamente. Paradoxalmente, a música apenas pode florescer no silêncio, tem origem e ressoa no silêncio, e o ouvinte, tanto quanto o compositor, deve possuir um espírito tranquilo. Ainda que agitado, o seu espírito, deve, num sentido mais profundo, permanecer sereno, ou seja, receptivo à influência das musas, ou da graça. A graça responde pela beleza construída pelo homem; sempre que há beleza no trabalho humano, aí opera a graça. Quer seja a graça sobrenatural ou o dom das capacidades latentes na natureza humana, Deus fala-nos através da Arte nas suas mais elevadas manifestações, tanto quanto a Arte possa ser considerada um ninho para os Evangelhos, uma tradução das tonalidades mais obscuras do mistério nas tonalidades mais brilhantes do sentimento e conhecimento humanos, uma companheira de scientia na obra da pregação de Cristo.



Peter Kwasniewski

[In Catholic Education Resource Center, Trad. jac]

a semente do Mal

Low Marx for Poor Memory


Karl Marx is the greatest philosopher of all time. Or at least this is what many BBC Radio listeners suggested recently when asked to nominate such a person. To the surprise of some, Marx topped the poll, beating - by wide margins - thinkers ranging from Aristotle to Kant.

Marx wrote many things, including admiring words about capitalism which he regarded as a definite advance on previous economic arrangements. The BBC result, however, underlines a strange blindness about Marx persisting within Western societies.

In one sense, this is nothing new. In the 1930s, intrepid Westerners traveled to the U.S.S.R and returned saying that they had seen the future. Somehow they managed not to see the purges, the collectivization, and the gulags that resulted in the imprisonment and deaths of millions. Communism, it is often said, was a godless system. This is not quite right. Communism was godless insofar as it was based upon an atheistic vision of man. Yet Communism did have its gods. It had its deities to whom anything and anyone could be sacrificed.

One response is to claim that Marx's philosophy was distorted by Lenin and Stalin. Marx himself, one often hears, was a humanist who wished to liberate people from their chains. Other apologists insist that one can distinguish between the young Marx and the old Marx: the youthful philosopher being more humanistic than the grayer, more callous political revolutionary.

Even cursory attention to Marx's writings quickly reveals the hollowness of such defenses. A consistent anti-human vision features throughout Marx's thought. For Marx, man is a being whose origins are irrelevant, whose future is extinction, and whose present is beyond his control. Even people living in Marx's Communist society have no possibility of a meaningful existence. Marx once described Communist society as one in which it would be possible “to do one thing today and another tomorrow; to hunt in the morning, fish in the afternoon, breed cattle in the evening and criticize after dinner, just as I please.”

This sounds idyllic until one realizes that, from Marxism's perspective, none of these activities can have any value for humans. For true materialists, there can be no qualitative difference between reading and fishing, working or sleeping, living or dying. Everything has the same value and therefore no value. In this world, there is no difference between Mother Teresa's work and that of a concentration camp guard. They share equally in a general irrelevance of everything and everyone.

This tells us that Marxism cannot be interested in justice or liberty. It insists that we are like driftwood, floating hither and thither on the waves of history. In such a world, our lives matter naught. Our deaths are irrelevant. We merely try and salvage whatever animal satisfaction we can from life, before our essential nothingness is finalized in our ultimate annihilation as living beings.

So much for Marx's humanism. A more serious problem with Marxist philosophy is its legitimatizing of criminality.

By “criminal,” I do not simply mean the occasional breaking of law. Rather, I mean a situation whereby people decide that they are above law; that they are not subject to law; that law is merely another tool of power. For if Marxism is right and materialism is true, then systematic violence to pursuit political goals is acceptable.

The irony is that while millions today know about the Nazis' unspeakable crimes, rather fewer know about the atrocities committed by Lenin, Stalin, Castro, Pol Pot and other Marxists. It is as if there has been a subtle agreement not to discuss these crimes. This studied ignorance manifests itself when we observe red flags emblazoned with hammers and sickles waved at demonstrations. Do their wavers know what the red flag means for those who were enslaved and killed by Marxist regimes? Why is Marxism's red flag not treated with the same contempt rightly attached to the swastika?

Marx, of course, died years before his followers managed to seize power. But one suspects that Marx would have applauded Communist use of violence. Marx himself advocated hanging capitalists from the nearest lamppost. “When our turn comes,” Marx warned his opponents, “we shall not disguise our terrorism.”

Much violence has been done in the name of philosophies and religions, including Christianity. The difference is that Christianity contains moral criteria according to which we can judge and condemn such activity on the part of Christians. Marxism never had and could never have such standards. For in Marxist philosophy, there is no place for love of God and love of neighbor. Perhaps that, above all, is what makes Marx so unworthy of contemporary admiration.



Samuel Gregg | Acton Institute
























Não creio que este texto parta de uma lógica (dialéctica, marxista?) de confronto com uma qualquer abstracção de esquerda ou de direita. Se assim o fosse mais se confirmaria essa ‘semente’ de desunião e de dissidência que a lógica do pensamento marxista trouxe ao mundo. Os teólogos mais severos podem-no considerar, ao marxismo, uma ‘semente do diabo’. E já estive mais longe de discordar, bem lida a História. Importa, aqui, muito mais a pertinência espiritual e moral do pensamento de Marx, ou qualquer outro, que a rigorosa política. E ainda que saiba que aqui estamos a falar de política, procuro mais o sustento moral e ético dessa política, pois é aí que reside a sua bondade ou maldade.
Evidentemente que uma deturpação é uma deturpação é uma deturpação. E que qualquer morte, assassinato ou genocídio, cometido em nome de Marx ou deus ou qualquer outro argumento que não a legítima defesa não é, passe a redundância, legítimo. Ainda mais, não me passou pela cabeça qualquer defesa da indefensável miséria que este regime capitalista democrático – que de democracia só tem a aparência, pois essa é também a essência da democracia, viver da aparência – espalha aqui, nas nossas sociedades, ou noutras distantes. Ou, para sermos mais rigorosos, a ideologia globalista que tomou subtilmente conta da nossa soberania (individual e colectiva) e que, essa sim, nos tem governado e alienado para eventualmente não vermos o óbvio.
E suma, partilhei o texto apenas em razão da impressão que essa condescendência com o marxismo e com tudo o que o marxismo provocou na História, por parte de pessoas – não uma abstracção, mas pessoas que conheço, amigos meus, gente com quem converso destas coisas, (enfim, um fardo só ter amigos comunas) – e que são lestas a ‘denunciar’ – outro vocábulo da gramática marxista – as atrocidades do nazismo ou do Pinochet ou (insert your most hated dictator) e cegos surdos e mudos diante da mortandade comunista. Sempre com o beneplácito sentimentalista de que seria uma ideologia que teria sido deturpada e que na sua essência o humanismo marxista é salvífico. Ora, é justamente este o equívoco. Ou por outra, onde mora o diabo marxista. (E atenção ao étimo ‘diabo’: «à letra, que desune, que inspira ódio ou inveja; "tó diábolan", a maledicência a calúnia; "ho diabolan", homem maldizente, caluniador»). E de outra maneira não pode ser. O marxismo não pode gerar aquilo que não possui. E se reduz a realidade à matéria cientificamente observável é, por consequência despido de qualquer possibilidade moral, pois não vislumbro qualquer moral na matéria crua e simples. E esta é a semente do mal. E é exactamente este o centro da perturbação e equívoco marxista.

Para além da aparente benignidade desse humanismo esconde-se um profundo ressentimento, diria tão humano quase inumano, que provocou profundos danos às sociedades europeias. Se a luta pelas ideias é o combate que fazemos para que a realidade se adeqúe às nossas representações dessa mesma realidade, então, como dizes, este tempo é um bom tempo para observar essa psicose que são as ideologias – todas - a tentarem martelar a realidade. Então, claramente, podemos observar que essa lógica de divisão, de dissensão, de desunião, subjacente ao discurso marxista, ganhou claramente o combate pelas consciências.

Estou pouco interessado nas virtudes do sistema económico marxista. Nem sequer como instrumento de análise do real - que me parece bastante falível, por razões que já aqui aduzi do tal ‘combate cultural’. Não sou economista nem tenho conhecimentos para ajuizar tal. Terá as suas virtudes, como qualquer outro sistema da moda, keynesiano ou da escola de Chicago ou o que queiras. Se vires bem, esses sistemas ou essas políticas económicas passam e continua o Homem à procura de um caminho qualquer que melhor nos acomode civilizadamente uns com os outros. O que me deixa perplexo é o culto para-religioso que se faz ao homem e ao seu sistema de ideias. Sem atender às consequências por demais evidentes que grande parte dessas ideias teve no mundo. E não ponho em causa o húmus de injustiça social de onde esse sistema floresceu, nem a vontade de, justamente, encontrar esse melhor caminho para a Humanidade. O que me parece é, ao observar essa complacência e essa militância, quererem fazer do marxismo não um caminho mas uma solução. Final. E isso tem, de facto, uma ressonância histórica abominável.





Sport Lisboa Nostalgia e Esperança














O meu Eusébio não era meu. Era do meu pai.
Nunca vi o Eusébio jogar, e toda a mitologia à volta do Pantera Negra me parecia um exagero saudosista, pois à época tinha à mão o Chalana, o Shéu, o Diamantino, o Veloso, o Bento, o Vítor Paneira, o João Pinto, o Rui Costa, duas finais europeias (perdidas) e muitas e consecutivas noites europeias de glória e de lágrimas - sim, já chorei pelo Benfica.
Mas o meu Eusébio não era meu. Era o do meu pai, da vez que veio do Brasil a Portugal visitar a família e se pôs a caminho de Lisboa para ver o Rei ao vivo no Estádio da Luz, contra o Leixões, salvo erro, e, por azar, o Rei estava lesionado. Com uma das muitas mazelas que o joelho sofreu.
O meu Eusébio não é meu. Provavelmente como muitos dos milhares de benfiquistas nascidos em 70 ou 80, é o Eusébio recebido das mãos dos pais. O Eusébio que aquecia algumas tardes de domingo, num país que nos dizem de apagada e vil tristeza. E o Eusébio não era um deus. Era ‘apenas’ um rapaz que expurgava por instantes a tristeza dessas casas. Não é a alegria sempre transitória?

Não é, com certeza, o futebol, a chama que o pai passa para o filho, no romance de Mccarthy. Mas pode muito bem o Eusébio ter sido uma faísca que nos aproximou um pouco mais uns dos outros.




ambivalência permanente













Desafios das culturas urbanas

71. A nova Jerusalém, a cidade santa (cf. Ap 21, 2-4), é a meta para onde peregrina toda a humanidade. É interessante que a revelação nos diga que a plenitude da humanidade e da história se realiza numa cidade. Precisamos de identificar a cidade a partir dum olhar contemplativo, isto é, um olhar de fé que descubra Deus que habita nas suas casas, nas suas ruas, nas suas praças. A presença de Deus acompanha a busca sincera que indivíduos e grupos efectuam para encontrar apoio e sentido para a sua vida. Ele vive entre os citadinos promovendo a solidariedade, a fraternidade, o desejo de bem, de verdade, de justiça. Esta presença não precisa de ser criada, mas descoberta, desvendada. Deus não Se esconde de quantos O buscam com coração sincero, ainda que o façam tacteando, de maneira imprecisa e incerta.

72. Na cidade, o elemento religioso é mediado por diferentes estilos de vida, por costumes ligados a um sentido do tempo, do território e das relações que difere do estilo das populações rurais. Na vida quotidiana, muitas vezes os citadinos lutam para sobreviver e, nesta luta, esconde-se um sentido profundo da existência que habitualmente comporta também um profundo sentido religioso. Precisamos de o contemplar para conseguirmos um diálogo parecido com o que o Senhor teve com a Samaritana, junto do poço onde ela procurava saciar a sua sede (cf. Jo 4, 7-26).

73. Novas culturas continuam a formar-se nestas enormes geografias humanas onde o cristão já não costuma ser promotor ou gerador de sentido, mas recebe delas outras linguagens, símbolos, mensagens e paradigmas que oferecem novas orientações de vida, muitas vezes em contraste com o Evangelho de Jesus. Uma cultura inédita palpita e está em elaboração na cidade. O Sínodo constatou que as transformações destas grandes áreas e a cultura que exprimem são, hoje, um lugar privilegiado da nova evangelização. Isto requer imaginar espaços de oração e de comunhão com características inovadoras, mais atraentes e significativas para as populações urbanas. Os ambientes rurais, devido à influência dos mass-media, não estão imunes destas transformações culturais que também operam mudanças significativas nas suas formas de vida.

74. Torna-se necessária uma evangelização que ilumine os novos modos de se relacionar com Deus, com os outros e com o ambiente, e que suscite os valores fundamentais. É necessário chegar aonde são concebidas as novas histórias e paradigmas, alcançar com a Palavra de Jesus os núcleos mais profundos da alma das cidades. Não se deve esquecer que a cidade é um âmbito multicultural. Nas grandes cidades, pode observar-se uma trama em que grupos de pessoas compartilham as mesmas formas de sonhar a vida e ilusões semelhantes, constituindo-se em novos sectores humanos, em territórios culturais, em cidades invisíveis. Na realidade, convivem variadas formas culturais, mas exercem muitas vezes práticas de segregação e violência. A Igreja é chamada a ser servidora dum diálogo difícil. Enquanto há citadinos que conseguem os meios adequados para o desenvolvimento da vida pessoal e familiar, muitíssimos são também os «não-citadinos», os «meio-citadinos» ou os «resíduos urbanos». A cidade dá origem a uma espécie de ambivalência permanente, porque, ao mesmo tempo que oferece aos seus habitantes infinitas possibilidades, interpõe também numerosas dificuldades ao pleno desenvolvimento da vida de muitos. Esta contradição provoca sofrimentos lancinantes. Em muitas partes do mundo, as cidades são cenário de protestos em massa, onde milhares de habitantes reclamam liberdade, participação, justiça e várias reivindicações que, se não forem adequadamente interpretadas, nem pela força poderão ser silenciadas.

75. Não podemos ignorar que, nas cidades, facilmente se desenvolve o tráfico de drogas e de pessoas, o abuso e a exploração de menores, o abandono de idosos e doentes, várias formas de corrupção e crime. Ao mesmo tempo, o que poderia ser um precioso espaço de encontro e solidariedade, transforma-se muitas vezes num lugar de retraimento e desconfiança mútua. As casas e os bairros constroem-se mais para isolar e proteger do que para unir e integrar. A proclamação do Evangelho será uma base para restabelecer a dignidade da vida humana nestes contextos, porque Jesus quer derramar nas cidades vida em abundância (cf. Jo 10, 10). O sentido unitário e completo da vida humana proposto pelo Evangelho é o melhor remédio para os males urbanos, embora devamos reparar que um programa e um estilo uniformes e rígidos de evangelização não são adequados para esta realidade. Mas viver a fundo a realidade humana e inserir-se no coração dos desafios como fermento de testemunho, em qualquer cultura, em qualquer cidade, melhora o cristão e fecunda a cidade.


[Evangelii Gaudium: Exortação Apostólica sobre o anúncio do Evangelho no mundo actual, 24 de novembro de 2013, Francisco]




o consolo da arquitectura*










O poder da arte e da arquitectura na transformação do homem é fonte de suspeita. Já Platão considerava o actor um pernicioso ilusionista da realidade, máscara da verdade. A desconfiança não é nova, portanto.

Dado o carácter público da arquitectura é necessário encontrarmos um território comum que nos permita conviver quotidianamente com o mau-gosto do vizinho da frente. É a constituição pública da arquitectura que gera o conflito entre o mundo que escolhemos para habitar e a articulação dessas escolhas individuais com a dos outros indivíduos: o conflito entre a “liberdade colectiva” e a “liberdade individual” de Le Corbusier - prevalecendo, para este, o bem colectivo. É este o terreno de geografia áspera onde a arquitectura se fixa. E a modernidade não veio ajudar. Pensar a arquitectura é também uma reflexão sobre a possibilidade e influência que a paisagem construída exerce sobre nós.

Se até ao século XVIII as respostas eram simples de encontrar, essencialmente sistematizadas por Vitrúvio e verificadas por mais de mil anos de utilização, a modernidade rasgou a convenção. A redescoberta no Renascimento do cânone clássico aprofundou o impulso arquitectónico fiel à utilitas, venustas e firmitas, aos ideais abstractos da ordem, simetria, proporção; Palladio e Alberti popularizaram o “gosto” e organizaram-no construtivamente, mas o século XVIII adquiriu novas apetências por narrativas “originais”. O “estilo” passa a questão central da teoria. Gótico, Medieval, Egípcio, Islâmico, Otomano, ecletismo carnavalesco a la carte para resolutamente não se conseguir afirmar o que é “belo”.

A cultura tecnológica e utilitária, a École Polytechnique de Paris, a filosofia dos engenheiros, as possibilidades dos novos materiais, encerram a polémica: o belo é o prático, tornar o prático belo é o “dever” da arquitectura. A beleza reside no “para quê” das coisas e na adequação tecnológica de “como” elas se erguem.

Este momento é crucial para o nosso entendimento do Movimento Moderno e da contemporaneidade: o debate estético é substituído por considerações de ordem prática e utilitária e na persecução de um programa da “verdade tecnológica”. O belo são os quatro degraus aritméticos, a tecnologia a Revelação.

Mas a “máquina de habitar” emperrou - tanto que o filho do casal Savoye teve que recorrer a um sanatório para debelar uma infecção do peito consequente às infiltrações do plano de nível da cobertura da Villa. Herdeiros das incoerências do modernismo regressamos ao carnaval e à questão que nos deixa sempre sozinhos: o que é o “belo” na arquitectura?

Alain de Botton avança com Ruskin: um edifício, uma casa, não são apenas abrigo, mas uma promessa de felicidade. São “visões de felicidade”.

A arquitectura espelha as qualidades humanas, as tonalidades emocionais, numa fisionomia da alma aplicada ao ambiente construtivo. O belo é o reconhecimento da arquitectura como “transubstanciação dos nossos ideais individuais”.

Mas isto é esperar demasiado da arquitectura. É confundir o belo com os aspectos morais da felicidade, é querer acreditar ainda na capacidade salvífica da arquitectura, é esperar que a arquitectura legitime uma visão de nós mesmos na nossa casa. É, aparentemente, uma coisa simples, tornar a arquitectura ferramenta identitária num mundo que se dissolve na velocidade electrónica. Para além dos aspectos propagandísticos – de um indivíduo ou de uma causa – é esquecer as dificuldades do processo produtivo da arquitectura, as formas de propriedade e de promoção com que hoje os arquitectos se deparam.
A arquitectura é um esforço colectivo, e é neste cruzamento de vontades que de Botton se perde na sua escrita comovedora, quase lírica e impregnada de melancolia redentora. Crer na indomável capacidade de transformação moral do indivíduo pela arquitectura é esquecer também os patrocínios pouco recomendáveis de muitos dos edifícios que nos emocionam.






[The Architecture of Happiness, Alain de Botton, Hamish Hamilton Ltd, Londres, 2006]







* Publicado originalmente aqui. Republicado a propósito da edição portuguesa.

Manuel Almeida






Podemos guardar confortável distância em cinismo e ficarmo-nos pelas gargalhadas (alarves?) ou podemos tentar um olhar mais largo sobre o fenómeno dos Tesourinhos das Autárquicas 2013.
A reflexão sobre a representação gráfica dos cartazes eleitorais, que o Mário Moura vai produzindo, e o olhar mais «sociológico» do António Araújo, têm-nos dado alguns elementos a partir dos quais importa pensar. A perplexidade sobre este Portugal que emerge de quatro em quatro anos e mais duas ou três coisas sobre que ocorrem sobre o assunto.
Desde logo, a corrosão e degradação do regime. Dito assim poderá parecer gongórico, à Vasco Pulido Valente, com as trombetas do Apocalipse a soarem. Mas importa realmente pensar sobre que cultura floresceu em Portugal nos últimos 40 anos.
Não somos suficientemente ingénuos para desconhecer a irrelevância do voto. A famosa crise de representação nas democracias ocidentais e a lenga-lenga dos poderes, de facto, ocultos; a ineficácia de sistemas de soberania do Estado-Nação perante os fluxos da «globalização». Depois da ditadura, a implementação, por importação, de um regime político, estranho e colado à pressa, sobre um estrato cultural a ele adverso: a Democracia de partidos será sempre a dissensão e, queiramos ou não, uma antropologia da portugalidade, a Tradição, será sempre de união, (cf. nos inúmeros cartazes, sobretudo para as juntas de freguesia, a apelarem à união das gentes e das «forças vivas» da terra). Depois, a lógica da comunicação, que foi tomando conta do lado visível da política, em que, no dizer de Salazar «o que parece, é», o imediatismo do «passar a mensagem», que esvaziou a própria mensagem. Agora, as redes socias e a voragem «viral» que não passa de imitações de imitações de imitações de imitações, (Guterres inspirado em Tony Blair que fora inspirado em Bill Clinton, por aí, que inspira o candidato à câmara de Cinfães, que inspira a candidata à junta da Afurada).
Não somos também suficientemente cínicos para não entender em muitos destes movimentos genuínas preocupações com a comunidade, verdadeiras vontades de transformação da vida, sobretudo ao nível local - e em última análise, é esta a Tradição do poder em Portugal, o municipalismo -, que ainda vai funcionando na boa e velha lógica das solidariedades de vizinhança e em humaníssimas «redes de proximidade», fazendo jus à lógica inconsciente do ser português em «não deixar ninguém para trás». Mas tudo isto nos aparece como um mundo kitsch, pastiche de contemporaneidade e arcaísmo que nos diz muito sobre o estado da nação cultural.
A comunicação poderá ser radicalmente contemporânea, (vídeos, hinos, eventos, redes sociais), para uma mensagem – quando há mensagem – radicalmente antiga, (feita de apelos à união entre os portugueses). De certa forma, uma maneira «genuína» ou «essencial» do ser-se português, na ambiguidade permanente entre o que vem lá de fora com uma forma muito peculiar de o absorver e incorporar numa maneira de ser já muito antiga.
Bem sei, é uma tese perigosa e que pode dar azo a interpretações para-fascistas ou integristas, o apelo a uma essencialidade ou ontologia do ser português. Mas ainda assim, há algures qualquer coisa que nos junta, uma cola que nos agarra enquanto comunidade e, lamentavelmente, contra os institutos de estudos sociais das universidades novas de Lisboa, essa cola é uma cultura, uma antropologia, cavada demasiado fundo, no rosto de cada português.


Não há muitas ilusões. Passos ou Sócrates ou Seguro são constituídos da mesma massa que Manuel Almeida, o candidato do PTP à câmara de Gaia e estrela cadente desta campanha. Não fora os assessores, os marketeiros, os publicitários, os comunicadores, no fundo, o capital de uma cultura meramente de imagem para a imagem e de aparência. E é este mundo subterrâneo, este Portugal constituído pela «massa» popular que espanta a ilustre Lisboa dos almoços de negócios e das redacções de jornais e do Lux. Estranhamente o mundo de quem mais clama pela Democracia e a quem mais repugna o povo que lhe deve dar corpo.




the bling ring Quinta do Lago







Casa na Quinta do Lago | Eduardo Souto Moura | 1989
[a partir de €2.570.000]

sem lenço nem documento













































Brasil, c.1960 | António Correia


















Queria a palavra sem alamares, sem
chatilenas, sem suspensórios, sem
talabartes, sem paramentos, sem diademas,
sem ademanes, sem colarinho.
Eu queria a palavra limpa de solene.
Limpa de soberba, limpa de melenas.
Eu queria ficar mais porcaria nas palavras.
Eu não queria colher nenhum pendão com elas.
Queria ser apenas relativo de águas.
Queria ser admirado pelos pássaros.
Eu queria sempre a palavra no áspero dela.


No Aspro | Manoel de Barros